DE TAL MANERA AMÓ DIOS AL MUNDO, QUE DIO A SU ÚNICO HIJO, para que TODO AQUEL QUE EN EL CREE, NO SE PIERDA, MAS TENGA VIDA ETERNA. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por El.
EL QUE EN EL CREE, NO ES CONDENADO; pero el que no cree, ya ha sido condenado...
Y esta es la condenación: que LA LUZ VINO AL MUNDO, Y LOS HOMBRES AMARON MÁS LAS TINIEBLAS QUE LA LUZ, porque sus obras eran malas.
Todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a ella para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios. Juan 3:16-21

1 de febrero de 2010

Nuestra lectura de hoy, lunes 1º de febrero

Levítico, capítulos 4 al 6

Solamente la sangre del Hijo de Dios limpia nuestros pecados.

Para los israelitas, los sacrificios tenían valor porque eran como una promesa de que Dios mismo proveería un Salvador, tenían un valor simbólico hasta que Jesús se ofreciera como verdadero sacrificio.
Sin duda, estos sacrificios fueron propuestos por Dios para grabar en la conciencia de los hombres la convicción de su propia pecaminosidad y preparar sus mentes para entender la obra de expiación y redención que Jesús llevaría a cabo en la cruz. Fueron un cuadro del sacrificio venidero de Cristo.
(Tomado del libro: El Pentatéuco, de Pablo Hoff)


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